
Esta escena idéntica la viví yo en mis propias carnes el miércoles por la noche. No sé la gente qué gracia le ve a sentarse en una terraza en una acera de ciudad, en un barrio de lo más cutre, con el correspondiente ruidazo y olor a gasoil de los coches. Y encima te sablean 5 eurazos por un Bacardi con limón, el camarero es un borde gilipollas, y diez minutos antes de la hora de cierre te echan a patadas. Bravo Mauro.